Antes de que lo llamaran “El Che”

 

Ernesto Guevara en 1951 (Argentina).

Todavía no se llamaba “el Che”. Era simplemente Ernesto, o en el mejor de los casos, Ernesto Guevara de la Serna.

Su padre, Don Ernesto, era una figura casi ausente, no solo porque pasaba por negocios largas temporadas en la provincia argentina de Misiones, sino porque su presencia no se hacía sentir.

 La madre, Celia, antítesis de Don Ernesto, era una mujer sobresaliente por su inteligencia y carácter. Muy apegada a Ernesto, a quien cuidaba amorosamente durante las recaídas de su enfermedad, estudiando junto con él las materias de la escuela. Por ejemplo, recuerdo una vez que Ernesto tuvo que guardar cama prolongada por su asma, así aprovechó para enseñarle francés.

 Yo tenía mucha simpatía por Celia, cuando llegamos a Cuba la invitamos a ella y a Ernesto a comer en casa. No tengo ninguna foto de este encuentro, en aquel entonces no estaba muy de moda fotografiarse.

 Indudablemente, Ernesto heredó su brillante inteligencia de Celia. Además poseía también un carácter seguro de sí, determinado. Buscaba siempre nuevos retos, buscaba y se enfrentaba a las dificultades, al peligro: era valiente hasta la osadía.

 Todos los chicos lo admirábamos, cuando atravesaba un riachuelo caminando sobre un tronco de árbol, o se encaramaba a la piedra más alta para arrojarse de ella a la poseta del rió. Su enfermedad no le impidió realizar ninguno de sus propósitos, ni siquiera el de practicar deportes violentos como el rugby.

 En cuanto a la inteligencia de Ernesto, baste decir que en una ocasión se pasó el curso entero en sus viajes  y  al volver, se apareció y se examinó exitosamente de todas las materias de ese curso (creo que era el segundo año de la carrera de medicina); y no es que tuviera una memoria fotográfica.

 De sus hermanos: Celia, Roberto y Juan Martín, yo sentía predilección por Celia, quien era poco mayor que Ernesto. Ella fue quien intento, infructuosamente, enseñarme a bailar. En Cuba, años después reanudaríamos la amistad, pero no el baile. Tenía un temperamento más bien retraído, muy recogida en si misma. De los demás hermanos, poco puedo decir: vine a conocerlos, y superficialmente, en Cuba, muchos años después.

 En realidad, mi amistad con los Guevara provenía de la familia González – Aguilar, españoles refugiados, como yo. El padre, un eminente cirujano, había sido Jefe de los servicios médicos de La Marina de Guerra Republicana y tuvo que salir de España ante el advenimiento del franquismo. Tenían  cuatro hijos: Carmen, algo mayor que yo, Paco, Juan y Pepe. Los varones y yo nos conocimos en la escuela y poco después empezamos a parecernos físicamente: el padre tenía una máquina para afeitar la cabeza con la que nos peló a los cuatro. Esto causó sensación en la escuela, donde la gomina era todo una tradición para los chicos argentinos. No tardamos mucho en ser llamados “bochita pelada”, a lo cual respondíamos, muchas veces, a golpes.

 Los González –Aguilar y los Guevara, pasaban las vacaciones juntos en Altagracia, de ahí la amistad entre ellos. Yo conocí a Ernesto en casa de los González-Aguilar. Ahí comenzó una  amistad que se interrumpiría más tarde al comenzar la carrera de medicina en Córdoba y Ernesto en Buenos Aires.

 En estos años habremos tenido tal vez un encuentro en Alta Gracia, durante las vacaciones de verano. En este encuentro, conocimos a una muchacha que nos impresionó a ambos: la “negrita Córdova Iturburu de la Serna”, prima lejana de Ernesto. Era una muchacha de tez morena, de ojos brillantes, muy simpática. Puedo decir que ambos quedamos prendados de ella. El desenlace era previsible: Ernesto le recitaba el poema de Neruda “20 poemas de amor y una canción desesperada” con el cual logró, sin dudas, conquistarla. Además vivía en Buenos Aires, donde ella. Yo quedé en Córdoba metido en mis líos de política, aunque nos escribimos varias cartas. Nunca olvidaré su letra: vertical y elegante, bien distribuida en el papel. Influyó tanto sobre mi que pronto dejé la caligrafía inglesa, a la que estaba acostumbrado, por un modelo de letra vertical también, pero muy lejos de su elegancia. Pronto, dejó de escribirme.

 Mis actividades políticas ocupaban cada vez más mi tiempo, por lo que me olvidé de Ernesto y casi de mis antiguas amistades.

 Por  último la policía se encargó de organizar mi vida: me expulsarían del país luego de una larga estancia en la cárcel de Villa Devoto. Mi salida de Argentina como prisionero político, cortó sin saber por cuanto tiempo, mi relación de amistad con Ernesto.

 Paso por Budapest

 Yo originalmente había pedido ser enviado a Checoslovaquia, por ser un país más “occidentalizado” y más asequible para los extranjeros. Pero eso no fue posible: Checoslovaquia había acogido numerosos heridos de una de las guerras de los Balcanes, por lo que no admitía más refugiados. Por fin no me quedó otra opción que Hungría, país desconocido, con un idioma endemoniado. Unos meses después, fui trasladado de la prisión en donde estaba al embarcadero, y ahí  tome el vapor “Santa Ana”, rumbo a Nápoles, Italia, primera escala de mi viaje a Hungría, que se completaría con un largo viaje en tren a través de Viena.

 En Hungría no nos esperaba nadie en la estación del tren, enseñamos nuestro pasaporte y nos encaminaron a emigración, donde por fin nos resolvieron la vivienda, alojamiento y un trabajo.

  A los pocos años, ya dominaba el idioma, por lo que me pidieron que acompañara como intérprete al poeta cubano Nicolás Guillen, con quien mantuve largas conversaciones. Al saber que había vivido en Argentina y que era médico, me comentó, a propósito de la revolución cubana, que el segundo hombre de la revolución, se llamaba Ernesto Che Guevara y que era también argentino y médico. Al principio me pareció una coincidencia, no estaba seguro de que se tratara del mismo Ernesto que yo conocía; la partícula “che” obviamente un argentinismo, me chocaba. Pero ahí quedó la cosa.

 No fue hasta un tiempo después que mi amiga Judith Weiner me dijo que Ernesto Che Guevara había estado durante pocas horas en Budapest y que al no poder contactarme me había dejado con ella una esquela.

La misma decía:

 Querido Fernando:

Se que tenías dudas sobre mi identidad, pero creías que yo era yo. Efectivamente, aunque no, pues ha pasado mucho agua bajo mis puentes y del ser asmático, amargado e individualista que conociste, queda el asma. Me enteré que te habías casado. Yo también, tengo dos hijas, pero sigo siendo el mismo aventurero, solo que ahora mis aventuras tienen un fin justo.

Saludos a tu familia de este sobreviviente de una época pasada y recibe el abrazo fraterno de Che, que tal es mi nuevo nombre.

 Volver a tener contacto con Ernesto Guevara, en esta etapa más madura de muestras vidas, no solo causó gran emoción en mí, sino que en parte decidió mi destino: viajaría a Cuba, junto a mi esposa Isabel Dubecz y mi madre Elvira, a ofrecer mis servicios como médico.

No tenía pasaporte válido: una carta de Ernesto me facilitó los trámites. Llegamos a Cuba el 31 de Mayo de 1961.

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Acerca de fernandob33

Nací en Madrid en 1928. Emiliano, mi padre, fue un escultor famoso que murió cuando participaba como voluntario en la guerra contra Franco. Mi madre y yo fuimos evacuados (como todas las mujeres y niños) hacia Levante. Después, a Argelia y luego a Argentina, donde comencé mi carrera de médico. De este país luego de una larga prisión por mis ideales, fui expulsado a España, pero acogido como refugiado político por Hungría, donde por fin pude terminar mi carrera. A la par de mis estudios trabaje como traductor simultáneo lo que me permitió recorrer casi todos los países socialistas incluido Viet Nam. La Revolución Cubana reavivó mis ansias revolucionarias luego de años de vida en Hungría. Por pura casualidad, me enteré que Ernesto, mi amigo de la infancia, había luchado con Fidel en la Sierra Maestra y era un líder conocido como el “Che”. Con su ayuda, pues no poseía pasaporte, pude viajar a la isla, donde trabajé como médico e investigador social. Además me enamoré y encontré la felicidad con Laly y los dos bravos hijos que me dio: Ernesto y Fernando. Junto a Ana Maria, de mi primer matrimonio con Isabel, una compañera de estudios húngara, son mis grandes orgullos en la vida. Libros publicados: Diccionario Húngaro-Español Diccionario Español-Húngaro Mis Vidas Sucesivas Hungría 1956. Crónica de una insurrección. eBook. Editorial Ruth. 2014. Criminología Social. Con Alejandro Aldana Fong. De próxima aparición. Varios trabajos sobre la Delincuencia.
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