Piero Pasolini se inicia en las artes ocultas: primera parte

Beduinos en el desierto

El Sahara

Piero Pasolini pasó su primera infancia en la aldea de Ain el Turk, en las estribaciones de los Montes Atlas, en el seno de una familia gitana, que se apellidaba Sayah, compuesta por los padres, la abuela paterna y tres hijos. Ahmed era el primogénito, pero, como el resto de la familia, pasó las privaciones y vicisitudes de la vida en el desierto, en el seno de una familia pobre, más que pobre, paupérrima. Pero Ahmed no conocía otra vida y no tuvo dificultades para adaptarse a ella, simplemente se convirtió desde muy niño en un “hombre del desierto” y aprendió todas las cosas que los hombres del desierto necesitan saber para sobrevivir. Puede decirse que, siendo solo un niño, Ahmed las había aprendido bien.

Ahmed, como primogénito, tenía deberes, como ir a hacer mandados a lo de algún vecino, situado por lo general a varias leguas de distancia. Y gozaba de algún privilegio: en la casa, dormía en una estera para él solo, los otros dos hermanos lo hacían juntos, apretados en una estera común. Y algunas veces la madre le daba una ración más generosa en la cena (la única comida que hacían al día) o le servía en la mañana algo más de café negro y hecho a la turca, es decir, sin colar. No eran muchos privilegios para las tareas que solían encargarle.

Ahmed había aprendido, en primer lugar, a orientarse en el desierto, lo que no es fácil, pues aquí no se trata simplemente de saber dónde está el Norte, o el Sur, eso no basta. Hay que saber siempre, esté donde esté, en qué dirección está su casa, tanto si se fue a pie, o a lomo de burro, o se lo llevaron los bandidos con los ojos vendados, debe saber volver. Y no le pregunten cómo lo sabía: lo sabía y basta.

En segundo lugar, y tanto o más importante, es conocer los manantiales del desierto.

En segundo lugar, y tanto o más importante, es conocer los manantiales del desierto. Debe conocer todos los manantiales o pozos en el radio que puede recorrer a pelo en un asno, o, en contadas ocasiones, en uno de los briosos caballitos árabes, capaces de hacer tramos larguísimos, con un jinete encima y sin comer ni beber nada. El caballo resistía, a veces hasta caer muerto de sed, pero el jinete debía guiarlo para llegar al manantial más cercano.

Aprendió pronto una de las costumbres milenarias de los árabes al llegar a un manantial. Al bajarse del caballo, luego de una jornada que a veces duraba diez y doce horas, casi lo primero que hacían era acercarse al agua que brota del piso, y, luego de dar de beber al burro y de saciar su sed, levantarse la túnica y dedicar un tiempo a hacer las abluciones de rigor. Una vez cumplido con este “ritual” se dedicaba a buscar un lugar apropiado para descansar y luego de comer un par de higos secos, se acostaba a dormir.

Debía saber pasar la noche a la intemperie, lo cual no es fácil: las noches en el desierto son frías, muy frías, llegando hasta el punto de congelación. Ahmed debía escoger bien el lugar, en el lado del poniente de una duna no muy alta, y acostarse bien pegado al animal que lo había llevado para darse calor uno al otro.

Sabía qué hacer en caso de tormenta, las temibles tormentas del desierto que surgen repentinamente de la nada y arrasan todo a su paso y luego se desvanecen en un santiamén. Se preocupaba de vendarle los ojos a la bestia, para evitar que la arena, arrastrada a toda velocidad por los vientos huracanados, se los lastimara. Él hacía algo parecido bajándose el turbante hasta que le cubría toda la cara.

Storm in Sahara

Debía velar por la alimentación de la bestia, pues, salvo en los manantiales, no hay yerbas en el desierto. Acostumbraba llevar un manojo de hierbas secas, que dispensaba con mesura. Para él, un puñado de higos secos echados al morral sería suficiente. Era una suerte tener una higuera en casa, o, mejor dicho, haber construido su choza junto a una higuera. Los higos tienen un gran poder energético y quitan el apetito por un buen rato.

Más adelante, a los 11 ó 12 años aprendería otra cosa, no necesaria pero agradable, de las pocas satisfacciones que brindaba el desierto: aprendería a saciar su apetito sexual a la edad en que se manifestaba, generalmente alrededor de los 12 años. Las cabras solían darle la satisfacción que deseaba, y que, al parecer, agradaba al animal también.

La vida en el desierto había dejado ya sus huellas en el cuerpo y en la cara de Ahmed: con su estatura aventajada y las facciones endurecidas por el trabajo y la acción de los elementos, bien podría pasar por un muchacho de doce años.

En los seis años que había pasado en el desierto, toda su vida, Ahmed no sabía leer ni escribir; es más, no había un solo libro en la choza. No hubiera sabido responder si le preguntaban qué era un libro. No sabía leer ni escribir, pero, como hemos dicho, sabía mucho sobre el desierto. Y algo más: sabía idiomas, mejor dicho, sabía hablar en otro idioma que el árabe, hablaba también el romaní, que era el idioma original de sus padres, gitanos del Oriente.

Pero el no saber leer en el desierto, donde no hay periódicos, ni libros, ni ninguna cosa impresa, no era importante; entre otras cosas, porque no sabía qué era la escritura, o para qué servía. Más útil le era una de las habilidades naturales que poseía sin darse cuenta de ella. Cuando Ahmed hablaba con alguien, él no recordaba lo hablado en palabras: este nombre: palabras, tampoco significaba nada para él, sino que, simplemente, se le “pegaban”, y le respondía en el mismo idioma a lo que le decían, automáticamente podía referirse a ello sin recurrir a las palabras. Años más tarde, y en otros países, esta habilidad, de la que apenas tenía conciencia, le permitiría asimilar ingentes conocimientos en distintos idiomas, casi sin darse cuenta…

Por la pureza del aire del Sahara las estrellas se ven más refulgentes que en cualquier otro lugar de la Tierra.

En las largas noches en el desierto, Fátima, la abuela paterna que les acompañó todo el tiempo, le hablaba en romaní. Solían tener larguísimas conversaciones, por cuenta de ella principalmente, bajo las estrellas. Por la pureza del aire del Sahara las estrellas se ven más refulgentes que en cualquier otro lugar de la Tierra. La abuela le hablaba y al mismo tiempo señalaba a una estrella: le decía el nombre, el nombre romaní, que no era ni siquiera árabe, y luego pasaba largo rato hablándole de ella: de su influencia sobre las personas, sus poderes. Le hablaba de los poderes, los poderes de esa estrella en particular: poderes benéficos y maléficos: cómo esos poderes se fortalecían o debilitaban según estuvieran juntas o en el otro extremo del cielo. Le hablaba de sus movimientos: imperceptibles a simple vista porque parecían fijas en el cielo mientras el Sol y los Planetas se movían, pero visibles con el transcurrir de los años. Y le hablaba del Sol: el Rey del Firmamento, al que no se podía mirar de frente so pena de quedarse ciego. Por eso se decía que era el rey de los cielos.

La memoria de Fátima no se agotaba nunca, y siguió así, hablándole a Ahmed hasta el día antes de su muerte, que ocurrió serenamente, satisfecha de haber trasmitido a su nieto Ahmed, su preferido, todo lo que ella sabía acerca de las estrellas, que era mucho. Pero, sobre todo, le inculcó la admiración por ellas, especialmente por una estrella que años después aprendería que se llama Sirio, para él tenía otro nombre: árabe o romaní; aprendería también que estaba en la Constelación de Orión, el Carro, como lo llamaban en el desierto. Y en la madrugada, antes de salir a algún mandado en la lejanía, solía contemplarla en silencio, con el respeto que inspiraba la Reina de la Noche, que se turnaba con el Rey del Día para entre ambos mantener la paz sobre la Tierra. Estas palabras que provenían de su abuela Fátima, estaban en el altar de Ahmed, altar imaginario, por supuesto, en un lugar desde el que observaban todo el desierto y regían los destinos de las gentes.

Indudablemente las enseñanzas de Fátima le condujeron, años después, cuando ya era un consumado lector, al estudio de la Astrología, en la que descolló cuando era todavía un joven y se hallaba en Italia, en un Seminario religioso. Pero esto, lo que Ahmed no se podía imaginar siquiera, vendría en un futuro, como Fátima se lo había augurado.

Desde los tres años se había acostumbrado también a las adivinaciones de su abuela paterna, una legítima zahorí de las llanuras saharianas, quien se desempeñaba como partera y hechicera en la pequeña aldea tunecina de Ain el Turk donde vivieron hasta que el hambre les obligó a emigrar y dirigirse a Túnez, de donde partirían hacia otro continente llamado Sicilia.

Todo lo que Ahmed sabía acerca de las estrellas, que sirvió a su padre para orientarles en el mar, lo aprendió de su abuela Fátima.

Asi se veria Fatima

Todo lo que Ahmed sabía acerca de las estrellas, que sirvió a su padre para orientarles en el mar, lo aprendió de su abuela Fátima. Fueron sus primeras lecciones, si cabe llamarlas así, cantadas en lengua romaní, idioma de las tribus gitanas que, procedentes de la India, habían emigrado a través del Asia Menor, hasta el Sahara, la tierra de los Tuareg, y habían seguido después a España, Portugal y Francia, atravesando las Columnas de Hércules, llamadas después Estrecho de Gibraltar. En sus travesías, la abuela recitaba interminables letanías en que se mezclaban los nombres de los astros y su posición en el firmamento, con las vicisitudes propias de la vida en el desierto, que según ella regían amores, raptos en los veloces pero pequeños caballos árabes, violaciones, duelos y despedidas a los que se iban a buscar mejor suerte allende el infinito mar, el Mar Mediterráneo, donde había tierras que parecían vergeles, según los recuentos antiquísimos de los que habían estado allí y luego habían regresado, luego de afrontar desgracias de todo género. De todas esas vicisitudes, mezcladas con personajes bien conocidos por Ahmed, fue sacando este una visión, –elemental, sí– pero que reflejaba bastante fidedignamente los lazos entre los hombres, las mujeres y las estrellas, que unían al universo con ese pueblo, primitivo, pero dotado de una imaginación y una inteligencia natural asombrosas.

Hasta entonces lo más lejos que había estado Ahmed era el pueblo de Beni Hindel pocas leguas más al Norte, hacia los Montes Atlas. Había acompañado a su abuela Fátima al mercado local. Era característico de las costumbres de esos pueblos árabes que las mujeres iban a pie cargando los bultos a la espalda, mientras los hombres iban a caballo o en burro plácidamente. Aquí se demostró, posiblemente por primera vez, cómo Ahmed era distinto de los demás: cuando se pusieron en marcha él se bajó del asno en que iba, le quitó a la abuela el bulto y le dijo:

-Dame abuela, yo lo llevaré, monta tú en el burro.

Esto fue una manifestación precoz de su carácter independiente, aunque fuera contra las costumbres locales. En el pueblo, además de pasar por el mercado que era la verdadera razón de su viaje, Ahmed se llegó hasta la fuente de la plaza a beber agua y, al igual que había visto hacer a sus mayores, se levantó la túnica y, dejando al descubierto sus partes, como había hecho en el manantial, procedió a hacer sus abluciones.

Es curioso lo que le pasaba a Ahmed: entendía varios idiomas, que generalmente, eran dialectos locales y podía conversar en cualquiera de ellos, pero lo hacía instintivamente. No se daba clara cuenta de cuándo hablaba una lengua y cuándo hablaba otra. A él simplemente se le pegaban las palabras. Esto le permitió, como dijimos, aprender en tiempo récord, años más tarde, diversos idiomas europeos con la misma facilidad que de niño hablaba los dialectos del desierto.

La infancia de Ahmed en África es poco conocida, aunque fue una etapa decisiva en su vida, en que Fátima sembró la semilla de lo que él sería después. Fue allí donde más aprendió de su abuela Fátima y donde surgieron las raíces de su saber, en particular de su saber astrológico, germen de su concepción ocultista del mundo.

Por fin, acuciados por el hambre y la pobreza –hermanas gemelas de todos los tiempos– el padre decide emigrar. Vendieron el burro y alguna otra cosa que les estorbaría en el viaje, y partieron rumbo a Túnez. Tuvieron que caminar las decenas de leguas que había hasta la costa, y allí su padre pudo embarcarlos en una frágil barca pesquera de una sola vela triangular, rumbo a Sicilia.

Su padre conversó con varios pescadores, hasta que encontró uno dispuesto a llevarlos consigo hasta Sicilia, la gran isla, que es casi como estar en Italia (de la cual forma parte, por supuesto). Como el trato era pagar de antemano, el padre se deshizo de los pocos Dinares fruto de la venta de sus pertenencias y a la madrugada del día siguiente partieron.

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Acerca de fernandob33

Nací en Madrid en 1928. Emiliano, mi padre, fue un escultor famoso que murió cuando participaba como voluntario en la guerra contra Franco. Mi madre y yo fuimos evacuados (como todas las mujeres y niños) hacia Levante. Después, a Argelia y luego a Argentina, donde comencé mi carrera de médico. De este país luego de una larga prisión por mis ideales, fui expulsado a España, pero acogido como refugiado político por Hungría, donde por fin pude terminar mi carrera. A la par de mis estudios trabaje como traductor simultáneo lo que me permitió recorrer casi todos los países socialistas incluido Viet Nam. La Revolución Cubana reavivó mis ansias revolucionarias luego de años de vida en Hungría. Por pura casualidad, me enteré que Ernesto, mi amigo de la infancia, había luchado con Fidel en la Sierra Maestra y era un líder conocido como el “Che”. Con su ayuda, pues no poseía pasaporte, pude viajar a la isla, donde trabajé como médico e investigador social. Además me enamoré y encontré la felicidad con Laly y los dos bravos hijos que me dio: Ernesto y Fernando. Junto a Ana Maria, de mi primer matrimonio con Isabel, una compañera de estudios húngara, son mis grandes orgullos en la vida. Libros publicados: Diccionario Húngaro-Español Diccionario Español-Húngaro Mis Vidas Sucesivas Hungría 1956. Crónica de una insurrección. eBook. Editorial Ruth. 2014. Criminología Social. Con Alejandro Aldana Fong. De próxima aparición. Varios trabajos sobre la Delincuencia.
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