Piero Pasolini se inicia en las ciencias ocultas: segunda parte

Muchacha italiana

Lampedusa

“Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

                                                        Giuseppe Tomasi di Lampedusa

 El viaje fue agotador, y los chicos pequeños y la abuela Fátima se marearon, vomitando el escaso contenido de sus estómagos. Al segundo día se desató una fuerte tormenta que rompió el mástil, dejando la barca a la deriva en plena noche. Sobre el amanecer se calmó el viento y vieron por la banda de estribor una lengua de tierra, una isla alargada que el pescador no conocía. El pescador y el padre de Ahmed remaron fuerte hasta encallar en la costa arenosa, quedándose dormidos casi de inmediato por el cansancio, la falta de sueño y de alimentos que el mar se había engullido. A poco, sin embargo, aparecen algunos pobladores y por ellos se enteran de que no estaban en Sicilia, sino en una isla pequeña llamada Lampedusa, a mitad de camino entre Túnez y Sicilia.

Alá, las estrellas o el destino les habían guiado hasta allí y allí se quedarían… Ahmed tenía entonces siete años y Lampedusa se convirtió en su tierra natal.

En Lampedusa, por suerte, no faltaba trabajo, pues casi todos los hombres jóvenes habían sido reclutados por el Ejército Italiano con vistas al inminente estallido de la guerra. Una de las primeras cosas que hizo el padre fue cambiarse el apellido Sayah por el de Pasolini. También “italianizaron” los nombres de los hijos, y es cuando Ahmed comienza a llamarse Piero, Piero Pasolini. Con el nuevo nombre, el padre también quiso una nueva vida para sus hijos. Así, Piero (Ahmed) debe empezar a asistir a la escuelita del lugar, para aprender a leer, escribir y sacar cuentas, siendo el único de la familia que sabía hacer estas cosas. El padre se había hecho el firme propósito de que su primogénito saliera adelante y no escatimó esfuerzos para lograrlo.

Cuando a los siete años Piero tuvo en sus manos el primer libro en la escuela, un libro ilustrado, sintió una emoción indescriptible: en él encontró el nombre de todas las cosas que se veían y que bullían en la nebulosa de su mente desde temprana edad. Fue como si entrara en un universo nuevo aunque conocido, y desde entonces la sed de lecturas se convirtió casi en su obsesión. Ese día no quedó marcado en el calendario, aunque fue el inicio de un vuelco en la mente de Piero Pasolini.

Pasolini padre no tardó en casarse: con el reclutamiento que ordenó Musolini la Isla se había quedado casi sin hombres en edad casadera, y las mujeres se los disputaban abiertamente. Por supuesto, Lampedusa era para él una tierra como cualquier otra. No sabía nada del país, del pueblo, de los hombres y menos aún de las mujeres. Por lo tanto no pudo escoger mucho cuál sería su nueva esposa. Escogió sin tras un cortejo breve a una lugareña de 16 años, fuerte, capaz de sacar adelante los asuntos de la casa y la vida de los chicos. El padre no la conocía muy bien cuando se casaron, bueno, ya hemos dicho que apenas conocía a las mujeres de Lampedusa. De haberlo sabido, tal vez lo habría pensado dos veces antes de hacerlo, porque, como casi todas las mujeres de la isla, Gabriela era celosa, celosa es poco, era sumamente celosa y con sus celos le hizo la vida imposible al padre de Piero.

Parece que el problema de los celos guardaba relación con la escasez de hombres, los que, según dijimos, habían sido llamados casi en su totalidad para hacer el Servicio Militar en Sicilia, como parte de la militarización de Italia por el régimen de Musolini. Las mujeres entonces se disputaban a los hombres y recurrían a toda clase de añagazas para buscar marido o robarlo si venía al caso, o al menos un amante si el marido estaba ausente. Así fue esparciéndose la práctica de engatusar a los hombres casados, de celarlos para evitar el más mínimo desliz y todas estas prácticas –que incluían hasta la hechicería– llegaron a hacerse propias de las artes femeninas, que se manifestaban ya en la adolescencia temprana. Pronto se hizo corriente identificar a las naturales de Lampedusa como celosas, más aún, como peligrosamente celosas.

Renata

Mientras tanto, Piero iba creciendo y con él sus amigos, mejor dicho, sus amigos y amigas. Así fue como Piero se hizo amigo de Renata, una agraciada lugareña un año menor que él. Menor en edad, pero no en picardía ni astucia femenina. Se conocieron en la escuela y en los juegos durante los recreos. Piero y Renata solían mantener largas conversaciones en árabe, la lengua de Lampedusa que se superponía al italiano, que Piero aún no conocía pero se esforzaba en aprenderlo. Las primeras palabras que aprendió en italiano fueron: “Bella ragazza”[1] y estaban dirigidas a Renata. Tenía un modo de ser que le gustaba a Piero: era algo posesiva, lo que pronto se manifestó hacia Piero; más que posesiva, Renata era algo celosa, medio en serio y medio en broma a Renata no le agradaba mucho que Piero hablara con otras chicas, claro, esto no se lo hacía saber directamente, sino con alguna frase indirecta a las que Piero no le achacaba mucha importancia, y la cosa siguió así, eran buenos amigos pero Renata no dejaba pasar la ocasión sin echarle una indirecta cuando lo veía hablando con otra chica. Pero Renata era así, y Piero se acostumbró a ella sin pensar en ello. Tal vez hubiera pensado diferente si hubiera sabido que las mujeres de Lampedusa eran famosas en todo el archipiélago por sus celos. Cuando estaban solos, los hombres solían comentar algún episodio sangriento ocurrido años atrás por culpa de los celos de una mujer. Piero era entonces un muchacho, estaba apenas entrando en la adolescencia y de estas conversaciones solo oía rumores. Cuán distinta hubiera sido la vida de Piero de haberse enterado de las cosas que hablaban entre sí los hombres acerca de las mujeres de Lampedusa…

A poco la habladuría popular ya daba por sentado que pronto se harían novios, pues por la precocidad reinante en esas latitudes a los catorce años ya estaban en edad de casarse, o arrimarse, como solía decirse. Pero el destino quiso otra cosa, el noviazgo quedó interrumpido porque Piero debió partir para el Continente, más allá de Sicilia, enviado por su padre a buscarse la vida por no encontrar trabajo en la isla. En 1928, cuando contaba solo catorce años, Piero parte a Sicilia, a buscar un mejor trabajo, dejando a los chicos al cuidado de su madrastra.

 

[1]Chica bonita

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Acerca de fernandob33

Nací en Madrid en 1928. Emiliano, mi padre, fue un escultor famoso que murió cuando participaba como voluntario en la guerra contra Franco. Mi madre y yo fuimos evacuados (como todas las mujeres y niños) hacia Levante. Después, a Argelia y luego a Argentina, donde comencé mi carrera de médico. De este país luego de una larga prisión por mis ideales, fui expulsado a España, pero acogido como refugiado político por Hungría, donde por fin pude terminar mi carrera. A la par de mis estudios trabaje como traductor simultáneo lo que me permitió recorrer casi todos los países socialistas incluido Viet Nam. La Revolución Cubana reavivó mis ansias revolucionarias luego de años de vida en Hungría. Por pura casualidad, me enteré que Ernesto, mi amigo de la infancia, había luchado con Fidel en la Sierra Maestra y era un líder conocido como el “Che”. Con su ayuda, pues no poseía pasaporte, pude viajar a la isla, donde trabajé como médico e investigador social. Además me enamoré y encontré la felicidad con Laly y los dos bravos hijos que me dio: Ernesto y Fernando. Junto a Ana Maria, de mi primer matrimonio con Isabel, una compañera de estudios húngara, son mis grandes orgullos en la vida. Libros publicados: Diccionario Húngaro-Español Diccionario Español-Húngaro Mis Vidas Sucesivas Hungría 1956. Crónica de una insurrección. eBook. Editorial Ruth. 2014. Criminología Social. Con Alejandro Aldana Fong. De próxima aparición. Varios trabajos sobre la Delincuencia.
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