La Detención

Pasaporte con el que fui deportado a Hungría: la foto fue tomada con el “pijama” con el que fui secuestrado, sobre el cual me pusieron un saco de vestir.

Pasaporte con el que fui deportado a Hungría: la foto fue tomada con el “pijama” con el que fui secuestrado, sobre el cual me pusieron un saco de vestir.

No era la primera vez que me detenían: la brigada político social de la policía de Córdoba, Argentina al principio de los años 50, lo hacía a menudo, principalmente en época de exámenes. “Gordillo” y “Dante”, policías de esa brigada, me tenían “fichado”. Me detendrían, luego de pedirme los documentos de identidad, en algún punto próximo a la Plaza de Mayo, en el centro de Córdoba. “Gordillo” era un bruto, no podía jactarse de nada. “Dante” era más intelectual: se jactaba de reconocer a las personas por su modo de caminar.

Ambos de allí, me llevarían a la Comisaría, me darían unos cuantos golpes y eventualmente me aplicarían “el teléfono”, al parecer el último método que les habían enseñado los especialistas de Buenos Aires. Consistía en golpear los dos oídos simultáneamente con las manos abiertas. El dolor era casi insoportable, pero ya estaba habituado a él. Esta vez, sin embargo, se limitaron a los golpes y a rasgarme la corbata roja que llevaba; lo hicieron por su color. Luego me llevaron hasta el juez, quien, sin preámbulo alguno, me condenó a 30 días de reclusión en la Prisión Provincial. Allí estaba entre amigos. Siempre había otros compañeros presos, recibíamos visitas y algunos libros. Treinta días no es nada, se pasan en un abrir y cerrar de ojos, pero sí me importaban los dos exámenes que había perdido: el de Patología y el de Semiología Clínica 1, asignaturas ambas del tercer año de medicina.

Habían pasado dos o tres días en la Prisión Provincial, cuando una noche, a la madrugada, irrumpió la policía en la celda y me obligó a salir tal y como estaba, es decir, en pijama, con un saco por encima. Entonces me hicieron bajar al patio de la prisión, y me subieron a un jeep. Un policía se sentó al lado del chofer y el otro atrás, cuidando que no me escapara. Yo iba esposado, empecé a preocuparme: este no era un procedimiento habitual de la policía. Pero la preocupación subió de nivel cuando el jeep atravesó la ciudad y tomó un camino de tierra que parecía no iba a ninguna parte.

La preocupación se iba convirtiendo en pánico: tal parecía que me iban a fusilar en algún lugar deshabitado.

Por fin aparecieron unas luces al lado del camino, y según nos acercábamos me di cuenta de que estábamos en un aeropuerto, un aeropuerto militar, por añadidura, a juzgar por los guardias armados que allí se encontraban. En el medio de la pista había un avión, un bimotor, recuerdo, sin señal identificativa alguna y con los motores encendidos. Cuando me subieron al avión, me di cuenta de dos cosas: primero que era un avión de carga, no tenía asientos. En segundo lugar, que en las cuadernas había cadenas colgando, destinadas a sujetar reses u otros animales. En un momento de lucidez, me di cuenta que una de esas cadenas estaba destinada a mí, como en realidad ocurrió. Yo estaba esposado pero no me quitaron las esposas, por el contrario, las sujetaron con las cadenas, a los costados del avión.

A poco, el rugido de los motores se intensificó y noté que el avión empezó a moverse, tomó pista y levantó vuelo. No tenía la menor idea de hacia dónde nos dirigíamos, era de noche y además el avión no tenía ventanillas.

El vuelo duró… no sé cuánto duró sin el reloj barato, que los policías habían hecho desaparecer. La oscuridad, lo incómodo de la posición y las cadenas que me sujetaban brazos y piernas y el zumbido de los motores me hicieron perder completamente el sentido del tiempo. Por fin el avión empezó a descender, y a través de las ventanillas del piloto pude observar luces, muchas luces. Oía los ruidos y voces de mando que orientaban al piloto en la maniobra de aterrizaje. Pero yo seguía allí dentro, el tiempo pasaba muy lentamente. Las cadenas se incrustaban en mi brazo y tenía las piernas dormidas por no poder moverlas. Por fin, cosa de media hora después, se abrió la portezuela y unos policías de civil, subieron al avión, me quitaron las cadenas (no así las esposas) y me hicieron bajar a empujones, los tres o cuatro escalones del avión. Afuera se veían dos carros negros y grandes con el motor funcionando y uno de ellos, con las puertas abiertas. Me hicieron entrar a empujones y un policía de civil, se sentó a cada lado. El aeropuerto estaba desierto, al parecer no estaba en uso.

Durante una hora más, la caravana se deslizó silenciosa, por unas calles que no conocía. No fue difícil darme cuenta de que estábamos en Buenos Aires, aunque no reconocía el barrio. Entonces mi preocupación aumentó cuando me di cuenta de que me habían ido a buscar a Córdoba, me habían secuestrado de la Prisión Provincial y me habían trasladado a Buenos Aires, pero, ¿con qué objetivo?

Mis cavilaciones no duraron mucho, el carro se metió por una entrada de garaje y se detuvo frente a una puerta custodiada por policías. Uno de los policías que me acompañaba rompió el silencio: “Hemos llegado” –me dijo- esta será tu casa de ahora en adelante: es la Sección Especial para la Represión del Comunismo”, conocida simplemente como la “Sección Especial”, de triste fama.

En este sórdido lugar había sido torturado un joven comunista argentino; fue el primer torturado que hubo en el país bajo el Gobierno de Perón y se llamaba Ernesto Bravo. Para nosotros, en la lejana Córdoba, a Ernesto lo veíamos como un héroe. Quiso la casualidad que años después me encontrara con él, en Cuba, con Estela Bravo, en lugar y circunstancias muy diferentes…

No pude darme cuenta de cómo era el edificio, simplemente me subieron por una estrecha escalera hasta la segunda planta, que según pude advertir, estaba dedicada a celdas nada más. De algunas de ellas salían gritos. Abrieron una puerta, y me metieron de un empujón, cerrando nuevamente la reja. La celda estaba completamente oscura y llena de presos, que se apretaron para dejarme un sitio donde sentarme. Así lo hice y caí dormido casi al instante.

Cuando me desperté, la celda seguía oscura, y seguía abarrotada de presos. Uno de ellos me explicó la situación: Lo más importante era el asunto de la comida. La servían una vez al día, si a eso se le podía llamar “comida”. Una especie de caldo, en el que flotaban algunas pocas legumbres y verduras. Me alertó: “este caldo tiene un purgante muy fuerte, bajo ningún concepto lo tomes, porque el efecto es casi inmediato y no hay lugar donde evacuar, cómete sólo lo sólido, que no era mucho pero no tenía purgante”.

Esto era en cuanto a la comida. Lo otro que me explicó era que en tan reducido espacio no había lugar para descansar; sino que debían turnarse para dormir dos a la vez, durante un tiempo imposible de medir, ya que nos habían quitado los relojes y no se podía apreciar la diferencia entre la noche y el día. Se me ocurrió que si contábamos un número fijo de pulsaciones, podíamos calcular un tiempo más o menos equivalente, para que cada uno descansara por igual. Pero no recuerdo si por fin lo llegamos a hacer o no.

Los horrorosos gritos que se oían, estaban grabados en sesiones de torturas pero algunos eran “frescos”, o sea, en vivo: en alguna celda alguien estaba siendo torturado en esos momentos.

En cuanto a nuestro status legal, no existía. Éramos simplemente “desaparecidos”, no figurábamos en ningún registro, policial o judicial.

Varios días después me llevaron a una oficina donde me tomaron las huellas dactilares y me hicieron algunas preguntas de identificación. En ningún momento se interesaron por mis supuestas actividades, esto no les importaba. A los diez o doce días me llevaron, nuevamente, a esa misma oficina, a la presencia de un juez. Esto era algo insólito, pero él me dijo que mi madre había interpuesto ante la justicia bonaerense un recurso de HABEAS CORPUS, en virtud del cual él se había apersonado en dicha Sección por sospecha de que pudiera estar allí retenido.

A partir de entonces, me sacaban por ratos de la celda, y pude moverme por la galera. Fui conducido nuevamente a las oficinas, en donde otro funcionario, a quien no conocía, me notificó que el Gobierno Argentino, presidido por el General Perón, en virtud de la ley 4144, había decretado mi “expulsión al país de origen”, España, pero me negué a firmar la notificación. Allí, en España, la suerte de un comunista preso remitido por un gobierno fascista amigo, como el de Perón, estaba sellada: sería fusilado sin conmiseraciones.

Pocos días después me pasaron a los calabozos de la Policía Judicial, en el subsuelo de los Tribunales y me enseñaron el pasaporte. Este, emitido por el Consulado Español en Buenos Aires, establecía mi deportación.

Las celdas de la Policía Judicial eran más amplias y limpias. Allí estaban los expulsados, a disposición de las autoridades, esperando un barco que los sacara. La comida era buena, y el principal enemigo era el aburrimiento. No recuerdo el nombre de mi compañero de celda, solo que le gustaba el ajedrez, a mí también. Nos fabricamos uno con miga de pan “ahorrada” de la dieta. Las piezas negras eran simplemente “grises”, estaban apenas sombreadas con la mina de un lápiz que no habían requisado a la entrada. El entretenimiento funcionó: a veces nos pasábamos un día entero jugando una o dos partidas.

En el tira y afloja, permanecimos meses en prisión, mientras las organizaciones democráticas argentinas iban logrando posponer la fecha de la partida hacia España. Después de la Policía Judicial fui trasladado a la prisión de Villa Devoto, famosa por ser la más grande y segura en el país. Por dentro estaba toda llena de rejas: las celdas no tenían paredes, solamente tenían rejas, lo mismo puede decirse de las celdas de reclusión solitarias y de las cabinas de los guardianes, solo que en estas últimas las puertas se abrían.

Los meses que pasaron en Villa Devoto, fueron relativamente tranquilos. Éramos diez en una celda, situada en la “piojera”: una galera llena de mendigos, indigentes y desarrapados de toda calaña, con un hedor característico que saturaba todo el lugar. Ahí estaban recogidos, creo yo, todos los pobladores del bajo mundo. Incluso creo que entrevisté a alguno de ellos movido por un interés sociológico.

El único incidente que recuerdo de entonces, fue cuando me sorprendieron dando un seminario de Filosofía Marxista, que me costó diez días de aislamiento. A poco de estar allí sentí una voz que me hablaba. Miré para todos lados pero no había nadie, estaba solo. Entonces, la voz me orientó: “¡la tubería del agua!, ¡la tubería del agua!” me decía. Al principio no me daba cuenta de donde procedía la voz, luego, por fin la localicé: me acerqué a la tubería del agua, sin agua como casi siempre y pensé, ¡oh, qué maravilla! era como un intercomunicador. Por allí podía hablar y escuchar lo que me decían desde una celda alejada, la única otra que estaba ocupada. La voz hablaba malamente el español, con acento italiano. Era un vagabundo que había sido recogido y estaba pendiente de expulsión por no tener trabajo ni domicilio reconocido. No recuerdo de qué hablamos, solo que cantaba una canción que estaba entonces de moda. Años más tarde y muy lejos de allí, la recordaría: con ella conquisté al amor de mi vida.

Finalmente fui deportado a Hungría, pero las comunicaciones con este país, eran lentas, por lo que allí, al bajarnos del tren, no nos esperaba nadie…

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Acerca de fernandob33

Nací en Madrid en 1928. Emiliano, mi padre, fue un escultor famoso que murió cuando participaba como voluntario en la guerra contra Franco. Mi madre y yo fuimos evacuados (como todas las mujeres y niños) hacia Levante. Después, a Argelia y luego a Argentina, donde comencé mi carrera de médico. De este país luego de una larga prisión por mis ideales, fui expulsado a España, pero acogido como refugiado político por Hungría, donde por fin pude terminar mi carrera. A la par de mis estudios trabaje como traductor simultáneo lo que me permitió recorrer casi todos los países socialistas incluido Viet Nam. La Revolución Cubana reavivó mis ansias revolucionarias luego de años de vida en Hungría. Por pura casualidad, me enteré que Ernesto, mi amigo de la infancia, había luchado con Fidel en la Sierra Maestra y era un líder conocido como el “Che”. Con su ayuda, pues no poseía pasaporte, pude viajar a la isla, donde trabajé como médico e investigador social. Además me enamoré y encontré la felicidad con Laly y los dos bravos hijos que me dio: Ernesto y Fernando. Junto a Ana Maria, de mi primer matrimonio con Isabel, una compañera de estudios húngara, son mis grandes orgullos en la vida. Libros publicados: Diccionario Húngaro-Español Diccionario Español-Húngaro Mis Vidas Sucesivas Hungría 1956. Crónica de una insurrección. eBook. Editorial Ruth. 2014. Criminología Social. Con Alejandro Aldana Fong. De próxima aparición. Varios trabajos sobre la Delincuencia.
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