Disciplina militar

Vestido de militar, atendiendo la fiesta de cumpleaños de mi hija Ana Maria.

Vestido de militar, atendiendo la fiesta de cumpleaños de mi hija Ana Maria.

Al producirse la primera movilización masiva para la lucha contra bandidos, Isabel y yo nos presentamos en una oficina de reclutamiento. Fuimos aceptados inmediatamente, nos dieron uniformes militares y nos asignaron el destino: Isabel iba a estar en un estado mayor situado, según me enteré después, en los túneles del Castillo del Príncipe; a mí me asignaron a una unidad militar del Reparto Eléctrico, en el cordón defensivo de La Habana, donde se encontraba una unidad de infantería.

Mi cargo era de médico de batallón. No me dieron ningún arma, solo la mochila con las medicinas a mi cargo. Allí estuve haciendo vida militar y cumpliendo con las funciones de médico militar que nadie me había enseñado.

Recuerdo un episodio: un oficial, teniente para más detalle, se presentó ante mí quejándose de una serie de síntomas abigarrados. Mi primera impresión no me engañó: el hombre estaba simulando y el diagnóstico fue “apendejamiento agudo”. Así se lo comuniqué a mi jefe, quien tomó las medidas disciplinarias indicadas para estos casos. Estábamos en tiempo de guerra.

La movilización de esta unidad duró aproximadamente un mes, al cabo del cual fuimos desmovilizados. No fue mucho antes que me enteré de que esta era una unidad militar del Ministerio del Interior (MININT).

A lo largo de este período pude conocer, creo que a sus instancias, al jefe de servicios médicos del MININT, el doctor Julián García Oliva. En uno de estos encuentros, el doctor Oliva me preguntó si estaría dispuesto a incorporarme nuevamente a la vida militar. Le contesté con un ¡sí! que apenas pudo disimular la alegría interior que sentía, pues yo había venido a Cuba dispuesto a luchar y una de mis mayores frustraciones consistía en que llegué tarde, por pocos meses, para defender la isla en Playa Girón.

Cosa de dos o tres meses después, el doctor Oliva me llamó nuevamente a su despacho en el Edificio Odontológico y me dijo: tu unidad se moviliza nuevamente para reforzar el perímetro de La Habana, ¿podemos contar contigo? –Claro que sí, le contesté. Me dijo entonces que debía presentarme el día siguiente en el punto de reclutamiento ya conocido por mí, de completo uniforme.

Así lo hice. Esta vez fui solo; las relaciones con Isabel se habían enfriado y estábamos en trámite de divorcio. Esta movilización, a diferencia de la anterior fue menos excitante: era más un ejercicio defensivo del perímetro de la ciudad.

Estos hechos fueron los que condujeron a mi posterior incorporación, como médico del MININT, quedando por lo tanto, sujeto a la disciplina militar. Y esta fue la causa también de que en marzo de 1965 yo me presentara, de completo uniforme, en casa de Laly para pedirle al padre la mano de su hija.

Pero no todo fue fácil: no había tenido en cuenta la disciplina militar del MININT, la que establecía que en caso de matrimonio el oficial debía notificarlo previamente a la superioridad, la cual daba la aprobación. Al hacerlo, una semana después me citaron a la jefatura y me dijeron que habían analizado el caso y no podía casarme pues había sospecha de que esta María Eulalia Cusidó estaba “influída por el enemigo”. A mis preguntas respondieron que estando ella ingresada en el Hospital Calixto García, un agente del G-2, con fachada de contrarrevolucionario, le había dicho que el G-2 lo perseguía y que necesitaba desprenderse de la pistola que llevaba. Supuestamente, esta Cusidó lo había ayudado. Pedí apelación pero fue en vano y me dijeron que tenía que cortar inmediatamente las relaciones y cualquier contacto con ella. Así lo hice –por disciplina– pero decidí hacer mi propia investigación. Descubrí que Laly no había estado nunca ingresada en el Calixto y que el oficial del G-2 posiblemente la confundiera con una prima de ella: Silvia, de la misma edad aproximadamente que sí había estado ingresada en dicho hospital. Todo esto lo descubrí mediante conversaciones que sostuve con María del Carmen, la mejor amiga de Laly. A través de ella me enteré también de que Laly no se explicaba mi conducta y no obstante seguía esperándome. Ya yo tenía “el caso”, se habían equivocado de persona. Pedí una reunión con el oficial de seguridad que atendía “ese caso” y le expuse los hechos. El oficial se excusó aduciendo la presión de trabajo que tenían, y el asunto quedó zanjado. Inmediatamente fui a ver a Laly y nos pusimos a preparar la boda, que festejamos el 18 de mayo de 1965.

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Acerca de fernandob33

Nací en Madrid en 1928. Emiliano, mi padre, fue un escultor famoso que murió cuando participaba como voluntario en la guerra contra Franco. Mi madre y yo fuimos evacuados (como todas las mujeres y niños) hacia Levante. Después, a Argelia y luego a Argentina, donde comencé mi carrera de médico. De este país luego de una larga prisión por mis ideales, fui expulsado a España, pero acogido como refugiado político por Hungría, donde por fin pude terminar mi carrera. A la par de mis estudios trabaje como traductor simultáneo lo que me permitió recorrer casi todos los países socialistas incluido Viet Nam. La Revolución Cubana reavivó mis ansias revolucionarias luego de años de vida en Hungría. Por pura casualidad, me enteré que Ernesto, mi amigo de la infancia, había luchado con Fidel en la Sierra Maestra y era un líder conocido como el “Che”. Con su ayuda, pues no poseía pasaporte, pude viajar a la isla, donde trabajé como médico e investigador social. Además me enamoré y encontré la felicidad con Laly y los dos bravos hijos que me dio: Ernesto y Fernando. Junto a Ana Maria, de mi primer matrimonio con Isabel, una compañera de estudios húngara, son mis grandes orgullos en la vida. Libros publicados: Diccionario Húngaro-Español Diccionario Español-Húngaro Mis Vidas Sucesivas Hungría 1956. Crónica de una insurrección. eBook. Editorial Ruth. 2014. Criminología Social. Con Alejandro Aldana Fong. De próxima aparición. Varios trabajos sobre la Delincuencia.
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