Un grupo del MININT en la cima del Pico Turquino

Foto en la cima del Pico Turquino

Esta es la foto de un grupo de compañeros del MININT, que subimos a la cima del Pico Turquino por los años setenta. En aquel entonces esto lo hacíamos con cierta frecuencia, habitualmente con ropa de “campaña”

El Pico Turquino es la elevación más alta de Cuba, con 1,974 metros sobre el nivel de mar. Se encuentra situado en el centro de la Sierra Maestra, la mayor cordillera del país.

Por su altura y lo inaccesibles de sus abruptos senderos, para llegar allí nos tomó todo un día, habíamos subido por unos de sus accesos, desde la carretera de Santiago y llegamos a su cima bien entrada la noche, rendidos de cansancio, frío y hambre, durmiendo al descubierto, para descender a la mañana siguiente. La bajada fue más corta y más suave (siempre lo es).

Visitar el lugar tenía un valor simbólico para nosotros. Basta recordar que en el centenario del nacimiento de José Martí (1953), Celia Sánchez Manduley, acompañada de su padre, subiría hasta la cima del Turquino un busto del apóstol.

De izquierda a derecha Jilma Madera (escultora) y Celia Sánchez Manduley, junto al busto de José Martí en el Pico Turquino. Foto: Juventud Rebelde

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Disciplina militar

Vestido de militar, atendiendo la fiesta de cumpleaños de mi hija Ana Maria.

Vestido de militar, atendiendo la fiesta de cumpleaños de mi hija Ana Maria.

Al producirse la primera movilización masiva para la lucha contra bandidos, Isabel y yo nos presentamos en una oficina de reclutamiento. Fuimos aceptados inmediatamente, nos dieron uniformes militares y nos asignaron el destino: Isabel iba a estar en un estado mayor situado, según me enteré después, en los túneles del Castillo del Príncipe; a mí me asignaron a una unidad militar del Reparto Eléctrico, en el cordón defensivo de La Habana, donde se encontraba una unidad de infantería.

Mi cargo era de médico de batallón. No me dieron ningún arma, solo la mochila con las medicinas a mi cargo. Allí estuve haciendo vida militar y cumpliendo con las funciones de médico militar que nadie me había enseñado.

Recuerdo un episodio: un oficial, teniente para más detalle, se presentó ante mí quejándose de una serie de síntomas abigarrados. Mi primera impresión no me engañó: el hombre estaba simulando y el diagnóstico fue “apendejamiento agudo”. Así se lo comuniqué a mi jefe, quien tomó las medidas disciplinarias indicadas para estos casos. Estábamos en tiempo de guerra.

La movilización de esta unidad duró aproximadamente un mes, al cabo del cual fuimos desmovilizados. No fue mucho antes que me enteré de que esta era una unidad militar del Ministerio del Interior (MININT).

A lo largo de este período pude conocer, creo que a sus instancias, al jefe de servicios médicos del MININT, el doctor Julián García Oliva. En uno de estos encuentros, el doctor Oliva me preguntó si estaría dispuesto a incorporarme nuevamente a la vida militar. Le contesté con un ¡sí! que apenas pudo disimular la alegría interior que sentía, pues yo había venido a Cuba dispuesto a luchar y una de mis mayores frustraciones consistía en que llegué tarde, por pocos meses, para defender la isla en Playa Girón.

Cosa de dos o tres meses después, el doctor Oliva me llamó nuevamente a su despacho en el Edificio Odontológico y me dijo: tu unidad se moviliza nuevamente para reforzar el perímetro de La Habana, ¿podemos contar contigo? –Claro que sí, le contesté. Me dijo entonces que debía presentarme el día siguiente en el punto de reclutamiento ya conocido por mí, de completo uniforme.

Así lo hice. Esta vez fui solo; las relaciones con Isabel se habían enfriado y estábamos en trámite de divorcio. Esta movilización, a diferencia de la anterior fue menos excitante: era más un ejercicio defensivo del perímetro de la ciudad.

Estos hechos fueron los que condujeron a mi posterior incorporación, como médico del MININT, quedando por lo tanto, sujeto a la disciplina militar. Y esta fue la causa también de que en marzo de 1965 yo me presentara, de completo uniforme, en casa de Laly para pedirle al padre la mano de su hija.

Pero no todo fue fácil: no había tenido en cuenta la disciplina militar del MININT, la que establecía que en caso de matrimonio el oficial debía notificarlo previamente a la superioridad, la cual daba la aprobación. Al hacerlo, una semana después me citaron a la jefatura y me dijeron que habían analizado el caso y no podía casarme pues había sospecha de que esta María Eulalia Cusidó estaba “influída por el enemigo”. A mis preguntas respondieron que estando ella ingresada en el Hospital Calixto García, un agente del G-2, con fachada de contrarrevolucionario, le había dicho que el G-2 lo perseguía y que necesitaba desprenderse de la pistola que llevaba. Supuestamente, esta Cusidó lo había ayudado. Pedí apelación pero fue en vano y me dijeron que tenía que cortar inmediatamente las relaciones y cualquier contacto con ella. Así lo hice –por disciplina– pero decidí hacer mi propia investigación. Descubrí que Laly no había estado nunca ingresada en el Calixto y que el oficial del G-2 posiblemente la confundiera con una prima de ella: Silvia, de la misma edad aproximadamente que sí había estado ingresada en dicho hospital. Todo esto lo descubrí mediante conversaciones que sostuve con María del Carmen, la mejor amiga de Laly. A través de ella me enteré también de que Laly no se explicaba mi conducta y no obstante seguía esperándome. Ya yo tenía “el caso”, se habían equivocado de persona. Pedí una reunión con el oficial de seguridad que atendía “ese caso” y le expuse los hechos. El oficial se excusó aduciendo la presión de trabajo que tenían, y el asunto quedó zanjado. Inmediatamente fui a ver a Laly y nos pusimos a preparar la boda, que festejamos el 18 de mayo de 1965.

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Fernando Arranz, artista del fuego

Mi tio Fernando Arranz

Las manos de mi tío Fernando eran manos de artista, no cabía la menor duda. De artista, por las obras de arte que creaba, pero además, eran manos estilizadas, con dedos que se iban afinando y terminaban en forma cónica, como si hubieran sido tallados, como en realidad lo habían sido, tras muchos años de trabajos delicados cuyo resultado final era siempre una obra de arte: un dibujo, una acuarela, un bibelot, un mosaico o una figura de cerámica. Mientras sus manos trabajaban, sus ojos semientornados iban acariciando la materia, el papel, la cartulina, la arcilla, el esmalte…

Pero esos dedos de artista, no se detenían ahí, una parte de sus obras, de esculturas modeladas y esmaltadas en colores brillantes, pasaban todavía por una etapa final, una etapa que convertía la frágil materia en una obra perenne por la acción del fuego… porque mi tío no solo producía obras pasajeras sino que era a la vez el mago del fuego, y no del fuego simple, sino que años de estudio habían logrado recrear los reflejos metálicos, la antiquísima técnica de los árabes que imprimía a las piezas de los más diversos colores la tonalidad del metal, de un metal dorado que no se encontraba en la naturaleza. Por eso, cada nueva obra que salía de sus manos de artista, era una obra única e irrepetible.

Fernando Arranz, forjador de esta nueva forma de arte, la había creado en los tornos y hornos de La Escuela Nacional de Cerámica de Buenos Aires, y su secreto estribaba en unos papelillos que envolvían la sustancia activa: la resina, que al entrar en contacto con las llamas del horno producían una llamarada que daba lugar al cambio de color en los esmaltes. Esta técnica era fruto de los experimentos reiterados de Fernando Arranz con las figuras que surgían de sus ágiles dedos y de la química secreta de los árabes, que él había estudiado acuciosamente durante largos años.

No sé si esa técnica fue continuada o no por algunos seguidores; yo la presencie día tras día cuando apenas tendría doce años. Después la vida nos separó irremisiblemente.

De él se quedaron grabados en mis pupilas, sus dedos de artista y la magia del fuego.

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EL CAMPEÓN

El campeon en accion

El campeon en accion

Tenía solo 9 años cuando se convirtió en Campeón. El chico tenía pasta, y lo demostró muy temprano, pero no en las asignaturas convencionales; el se destacó en algo muy distinto, en algo en lo que ninguno de la familia había pensado: el Kárate. Empezó muy temprano, tal vez a los seis o siete años, no se, habría que preguntárselo. Pero sí era temprano para una disciplina que habitualmente se asocia a la fuerza y habilidades manuales. El tuvo suerte, acababan de llegar de Japón (cuna de ésta y otras artes marciales) dos Karatekas cubanos que habían defendido allí su cuarto y quinto Dan, si mal no recuerdo, y volvían con un plan novedoso, novedoso para Cuba, de desarrollar el Kárate Infantil. Rápidamente se pusieron a la obra y escogieron unos treinta muchachos de ocho a doce años entre los alumnos de varias escuelas del Municipio Playa.

La selección la hacían teniendo en cuenta su desarrollo, fuerza y sentido de la coordinación, entre otras cualidades físicas y de carácter. Fernan fue uno de los seleccionados. Las clases se impartían en la Víbora, lejos de nuestra casa.

Los chicos estaban entusiasmados con esta mueva disciplina y observaban una asistencia y disciplina ejemplares. Fernan, que tenía solo siete años entonces, empezó a destacarse por la perfecta coordinación y elegancia de sus movimientos, como comentó conmigo el Instructor.

Varios meses después, para estimular a los alumnos, se organizó un Campeonato de Kárate Infantil. Se hizo con todas las de la ley, en sus dos modalidades principales: Kumité (lucha) y Katá (técnica). Los árbitros eran “cinta negra” en la categoría de adulto. Había un doctor también por si alguno de los competidores se lesionaba. Entre los padres de los pequeños karatekas, había una doctora, Laly: la mamá de Fernan.

En el Kárate, sus movimientos eran elegantes y perfectos en su realización, por lo que le valieron a los ocho años el título de Campeón de Katá, con una excelente técnica que vencería fácilmente a muchachos más fuertes que él. Y al año siguiente repitió, esta vez como Campeón de Kumité para coronarse Campeón Absoluto en Categoría Infantil con solo nueve años.

Su mayor orgullo fue que las cintas negras se las entregó personalmente el Maestro Joseíto, que por aquel entonces era Cinta Negra 5to Dan, grados que había obtenido en el Japón, en la prestigiosa escuela Ho Shi Mon. Pero los títulos infantiles no duran mucho y pronto se olvidan. Los trofeos de campeón infantil se olvidan pronto, pero la técnica y las habilidades adquiridas perduran. Como prueba de lo anterior, cuando estaba en segundo año de la Universidad se presentó al Campeonato Nacional, sin entrenar y obtuvo un Primer Premio… Más adelante la vida se encargaría de someterlo a nuevas pruebas.

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La Detención

Pasaporte con el que fui deportado a Hungría: la foto fue tomada con el “pijama” con el que fui secuestrado, sobre el cual me pusieron un saco de vestir.

Pasaporte con el que fui deportado a Hungría: la foto fue tomada con el “pijama” con el que fui secuestrado, sobre el cual me pusieron un saco de vestir.

No era la primera vez que me detenían: la brigada político social de la policía de Córdoba, Argentina al principio de los años 50, lo hacía a menudo, principalmente en época de exámenes. “Gordillo” y “Dante”, policías de esa brigada, me tenían “fichado”. Me detendrían, luego de pedirme los documentos de identidad, en algún punto próximo a la Plaza de Mayo, en el centro de Córdoba. “Gordillo” era un bruto, no podía jactarse de nada. “Dante” era más intelectual: se jactaba de reconocer a las personas por su modo de caminar.

Ambos de allí, me llevarían a la Comisaría, me darían unos cuantos golpes y eventualmente me aplicarían “el teléfono”, al parecer el último método que les habían enseñado los especialistas de Buenos Aires. Consistía en golpear los dos oídos simultáneamente con las manos abiertas. El dolor era casi insoportable, pero ya estaba habituado a él. Esta vez, sin embargo, se limitaron a los golpes y a rasgarme la corbata roja que llevaba; lo hicieron por su color. Luego me llevaron hasta el juez, quien, sin preámbulo alguno, me condenó a 30 días de reclusión en la Prisión Provincial. Allí estaba entre amigos. Siempre había otros compañeros presos, recibíamos visitas y algunos libros. Treinta días no es nada, se pasan en un abrir y cerrar de ojos, pero sí me importaban los dos exámenes que había perdido: el de Patología y el de Semiología Clínica 1, asignaturas ambas del tercer año de medicina.

Habían pasado dos o tres días en la Prisión Provincial, cuando una noche, a la madrugada, irrumpió la policía en la celda y me obligó a salir tal y como estaba, es decir, en pijama, con un saco por encima. Entonces me hicieron bajar al patio de la prisión, y me subieron a un jeep. Un policía se sentó al lado del chofer y el otro atrás, cuidando que no me escapara. Yo iba esposado, empecé a preocuparme: este no era un procedimiento habitual de la policía. Pero la preocupación subió de nivel cuando el jeep atravesó la ciudad y tomó un camino de tierra que parecía no iba a ninguna parte.

La preocupación se iba convirtiendo en pánico: tal parecía que me iban a fusilar en algún lugar deshabitado.

Por fin aparecieron unas luces al lado del camino, y según nos acercábamos me di cuenta de que estábamos en un aeropuerto, un aeropuerto militar, por añadidura, a juzgar por los guardias armados que allí se encontraban. En el medio de la pista había un avión, un bimotor, recuerdo, sin señal identificativa alguna y con los motores encendidos. Cuando me subieron al avión, me di cuenta de dos cosas: primero que era un avión de carga, no tenía asientos. En segundo lugar, que en las cuadernas había cadenas colgando, destinadas a sujetar reses u otros animales. En un momento de lucidez, me di cuenta que una de esas cadenas estaba destinada a mí, como en realidad ocurrió. Yo estaba esposado pero no me quitaron las esposas, por el contrario, las sujetaron con las cadenas, a los costados del avión.

A poco, el rugido de los motores se intensificó y noté que el avión empezó a moverse, tomó pista y levantó vuelo. No tenía la menor idea de hacia dónde nos dirigíamos, era de noche y además el avión no tenía ventanillas.

El vuelo duró… no sé cuánto duró sin el reloj barato, que los policías habían hecho desaparecer. La oscuridad, lo incómodo de la posición y las cadenas que me sujetaban brazos y piernas y el zumbido de los motores me hicieron perder completamente el sentido del tiempo. Por fin el avión empezó a descender, y a través de las ventanillas del piloto pude observar luces, muchas luces. Oía los ruidos y voces de mando que orientaban al piloto en la maniobra de aterrizaje. Pero yo seguía allí dentro, el tiempo pasaba muy lentamente. Las cadenas se incrustaban en mi brazo y tenía las piernas dormidas por no poder moverlas. Por fin, cosa de media hora después, se abrió la portezuela y unos policías de civil, subieron al avión, me quitaron las cadenas (no así las esposas) y me hicieron bajar a empujones, los tres o cuatro escalones del avión. Afuera se veían dos carros negros y grandes con el motor funcionando y uno de ellos, con las puertas abiertas. Me hicieron entrar a empujones y un policía de civil, se sentó a cada lado. El aeropuerto estaba desierto, al parecer no estaba en uso.

Durante una hora más, la caravana se deslizó silenciosa, por unas calles que no conocía. No fue difícil darme cuenta de que estábamos en Buenos Aires, aunque no reconocía el barrio. Entonces mi preocupación aumentó cuando me di cuenta de que me habían ido a buscar a Córdoba, me habían secuestrado de la Prisión Provincial y me habían trasladado a Buenos Aires, pero, ¿con qué objetivo?

Mis cavilaciones no duraron mucho, el carro se metió por una entrada de garaje y se detuvo frente a una puerta custodiada por policías. Uno de los policías que me acompañaba rompió el silencio: “Hemos llegado” –me dijo- esta será tu casa de ahora en adelante: es la Sección Especial para la Represión del Comunismo”, conocida simplemente como la “Sección Especial”, de triste fama.

En este sórdido lugar había sido torturado un joven comunista argentino; fue el primer torturado que hubo en el país bajo el Gobierno de Perón y se llamaba Ernesto Bravo. Para nosotros, en la lejana Córdoba, a Ernesto lo veíamos como un héroe. Quiso la casualidad que años después me encontrara con él, en Cuba, con Estela Bravo, en lugar y circunstancias muy diferentes…

No pude darme cuenta de cómo era el edificio, simplemente me subieron por una estrecha escalera hasta la segunda planta, que según pude advertir, estaba dedicada a celdas nada más. De algunas de ellas salían gritos. Abrieron una puerta, y me metieron de un empujón, cerrando nuevamente la reja. La celda estaba completamente oscura y llena de presos, que se apretaron para dejarme un sitio donde sentarme. Así lo hice y caí dormido casi al instante.

Cuando me desperté, la celda seguía oscura, y seguía abarrotada de presos. Uno de ellos me explicó la situación: Lo más importante era el asunto de la comida. La servían una vez al día, si a eso se le podía llamar “comida”. Una especie de caldo, en el que flotaban algunas pocas legumbres y verduras. Me alertó: “este caldo tiene un purgante muy fuerte, bajo ningún concepto lo tomes, porque el efecto es casi inmediato y no hay lugar donde evacuar, cómete sólo lo sólido, que no era mucho pero no tenía purgante”.

Esto era en cuanto a la comida. Lo otro que me explicó era que en tan reducido espacio no había lugar para descansar; sino que debían turnarse para dormir dos a la vez, durante un tiempo imposible de medir, ya que nos habían quitado los relojes y no se podía apreciar la diferencia entre la noche y el día. Se me ocurrió que si contábamos un número fijo de pulsaciones, podíamos calcular un tiempo más o menos equivalente, para que cada uno descansara por igual. Pero no recuerdo si por fin lo llegamos a hacer o no.

Los horrorosos gritos que se oían, estaban grabados en sesiones de torturas pero algunos eran “frescos”, o sea, en vivo: en alguna celda alguien estaba siendo torturado en esos momentos.

En cuanto a nuestro status legal, no existía. Éramos simplemente “desaparecidos”, no figurábamos en ningún registro, policial o judicial.

Varios días después me llevaron a una oficina donde me tomaron las huellas dactilares y me hicieron algunas preguntas de identificación. En ningún momento se interesaron por mis supuestas actividades, esto no les importaba. A los diez o doce días me llevaron, nuevamente, a esa misma oficina, a la presencia de un juez. Esto era algo insólito, pero él me dijo que mi madre había interpuesto ante la justicia bonaerense un recurso de HABEAS CORPUS, en virtud del cual él se había apersonado en dicha Sección por sospecha de que pudiera estar allí retenido.

A partir de entonces, me sacaban por ratos de la celda, y pude moverme por la galera. Fui conducido nuevamente a las oficinas, en donde otro funcionario, a quien no conocía, me notificó que el Gobierno Argentino, presidido por el General Perón, en virtud de la ley 4144, había decretado mi “expulsión al país de origen”, España, pero me negué a firmar la notificación. Allí, en España, la suerte de un comunista preso remitido por un gobierno fascista amigo, como el de Perón, estaba sellada: sería fusilado sin conmiseraciones.

Pocos días después me pasaron a los calabozos de la Policía Judicial, en el subsuelo de los Tribunales y me enseñaron el pasaporte. Este, emitido por el Consulado Español en Buenos Aires, establecía mi deportación.

Las celdas de la Policía Judicial eran más amplias y limpias. Allí estaban los expulsados, a disposición de las autoridades, esperando un barco que los sacara. La comida era buena, y el principal enemigo era el aburrimiento. No recuerdo el nombre de mi compañero de celda, solo que le gustaba el ajedrez, a mí también. Nos fabricamos uno con miga de pan “ahorrada” de la dieta. Las piezas negras eran simplemente “grises”, estaban apenas sombreadas con la mina de un lápiz que no habían requisado a la entrada. El entretenimiento funcionó: a veces nos pasábamos un día entero jugando una o dos partidas.

En el tira y afloja, permanecimos meses en prisión, mientras las organizaciones democráticas argentinas iban logrando posponer la fecha de la partida hacia España. Después de la Policía Judicial fui trasladado a la prisión de Villa Devoto, famosa por ser la más grande y segura en el país. Por dentro estaba toda llena de rejas: las celdas no tenían paredes, solamente tenían rejas, lo mismo puede decirse de las celdas de reclusión solitarias y de las cabinas de los guardianes, solo que en estas últimas las puertas se abrían.

Los meses que pasaron en Villa Devoto, fueron relativamente tranquilos. Éramos diez en una celda, situada en la “piojera”: una galera llena de mendigos, indigentes y desarrapados de toda calaña, con un hedor característico que saturaba todo el lugar. Ahí estaban recogidos, creo yo, todos los pobladores del bajo mundo. Incluso creo que entrevisté a alguno de ellos movido por un interés sociológico.

El único incidente que recuerdo de entonces, fue cuando me sorprendieron dando un seminario de Filosofía Marxista, que me costó diez días de aislamiento. A poco de estar allí sentí una voz que me hablaba. Miré para todos lados pero no había nadie, estaba solo. Entonces, la voz me orientó: “¡la tubería del agua!, ¡la tubería del agua!” me decía. Al principio no me daba cuenta de donde procedía la voz, luego, por fin la localicé: me acerqué a la tubería del agua, sin agua como casi siempre y pensé, ¡oh, qué maravilla! era como un intercomunicador. Por allí podía hablar y escuchar lo que me decían desde una celda alejada, la única otra que estaba ocupada. La voz hablaba malamente el español, con acento italiano. Era un vagabundo que había sido recogido y estaba pendiente de expulsión por no tener trabajo ni domicilio reconocido. No recuerdo de qué hablamos, solo que cantaba una canción que estaba entonces de moda. Años más tarde y muy lejos de allí, la recordaría: con ella conquisté al amor de mi vida.

Finalmente fui deportado a Hungría, pero las comunicaciones con este país, eran lentas, por lo que allí, al bajarnos del tren, no nos esperaba nadie…

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Idiomas que me abrieron caminos

papi joven

Foto de mis tiempos en Hungria.

Los idiomas me han abierto caminos, me han abierto caminos en la vida. Incluso los idiomas que no se saben, o se saben parcialmente, te abren los caminos a otro nuevo idioma; cada nuevo idioma que se acumula, es otra puerta que se abre, que se abre para no cerrarse jamás.

Es posible aprender un idioma “muerto” o aprender un idioma “vivo”. Un idioma muerto lo aprendemos por los libros, mientras que el vivo es aquel que aprendes por conversaciones fluidas, vivas, de forma intuitiva, de la vida diaria, cuando tus oídos tienen que acostumbrarse a escucharla.

El primer idioma vivo que recuerdo, fue el alemán, que empezaban a enseñárnoslo en el Instituto Escuela cuando fue interrumpido por el comienzo de la Guerra. Solo recuerdo palabras sueltas, palabras sueltas o casi los números solamente. También en el Instituto Escuela, estábamos aprendiendo francés: era una especie de cuento.

Después, muchos años y un continente más tarde, empecé a estudiar el inglés. En realidad no avancé mucho en este idioma, yo tenía ya mis ideas políticas y desde el principio le hice rechazo, era demasiado bolchevique como para incorporarlo a mi ser. Solo otros tantos años después, como traductor simultáneo de la Federación Mundial de las Juventud Democrática y del Consejo Mundial de la Paz, volví a utilizarlo, pero solo en pasivo (del inglés al español), después de todo era un trabajo, un trabajo que me permitió conocer países como Irak (en plena revolución), la India y Sri Lanka, donde se celebraban no se que reuniones de esa Institución. En los pocos días que estuve en la India, aproveché para comprarme un Kamasutra original; de Sri Lanka solo recuerdo las bellas playas. Todo esto ocurría a mis diecinueve años. Pero lo cierto es que ya tenía los suficientes conocimientos de varios idiomas como para viajar por el mundo y además, me pagaban por ello. Claro, no era el sueldo que se les pagaba a los traductores profesionales, era más bien un trabajo voluntario con la enorme ventaja de ver el mundo, y de él vi bastante.

Para ese entonces, y por razones políticas, vivía en Hungría, donde continué mis estudios de medicina. Es necesario aclarar que el húngaro no es una lengua cualquiera. Es, por el contrario, una lengua única, aglutinante, sin parecido alguno con ninguna de las lenguas existentes (a excepción del Finlandés). Y no solo por el vocabulario, sino también por su gramática y multiplicidad de sonidos. Después de todo, ambos se originaron en el Asia Central. De aquí con sus veloces caballos, el caudillo Attila lo llevó hasta las orillas del Danubio, donde se asentaron junto a su rudimentaria lengua, naciendo así el idioma húngaro. Lo llegué a hablar tan bien, que colaboré en la confección del primer diccionario húngaro-español, español-húngaro y realicé la traducción simultánea para el entonces gobernante húngaro János Kádár durante su discurso en el Congreso del Partido de los Trabajadores.

Pero mi incursión en los idiomas, y como cada uno ellos me abrió las puertas a otras oportunidades, a otras vidas y a otros idiomas, no termina aquí. No he mencionado el idioma Italiano, que fue la lengua que me abrió el camino al amor…

Partirono le rondine…

Canción popular italiana

Partirono le rondine

Dal mio paese freddo e senza sole…

Cercando primavere di viole,

Nidi de amor e di felicitá….

 

La mia piccola rondine, parte cosi…

Senza lasciarme un baccio

Senz´ un addio parti….

 

Non ti scordare di me,

la vita mia é legata a te,

nel sonno mio sei tu,

nel sonno mio rimane tu…

Non ti scordare di me

La vita mia é legata a te,

sei como un sonno pien de gioventú´

non ti scordare di me…

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El Salvoconducto

salvoconducto1

Salvoconducto firmado por el Jefe Soviético de la Plaza de Budapest. Valido para circular durante las horas del toque de queda (6 p.m. a 6 a.m.) en cumplimiento de funciones de médico (noviembre de 1956)

salvoconducto2En el mes de noviembre del año 1956, Hungría, vivía tiempos convulsos. La ocupación soviética había ocasionado, en la ciudad de los siete puentes, una verdadera revolución socialista.

Después del levantamiento estudiantil ocurrido tan solo un mes antes y del fallido intento de uno de sus líderes más prometedores, Imre Nagy, la invasión soviética era cuestión de escasos días.

Para ese entonces yo vivía, junto a mi familia (mi esposa Isabel y mi madre), en Hungría, específicamente en las colinas de Buda, en la calle Bimbó número 3. Nuestro edificio tenía varios pisos de altura y los cañonazos se oían cercanos y parecía que en algún momento entrarían por la ventana. Dos o tres días después, cuando por fin se pudo bajar a las calles, me llegué hasta la cabecera del puente Margarita (Margit híd); estaba custodiado por algunos soldados soviéticos armados pero sin que asumieran una posición ofensiva.

 Budapest estaba entonces sumida en una huelga general indefinida, en la que por no se que milagro solo funcionaban panaderías. En los 2 meses aproximados que duró, no faltó el pan fresco en ningún hogar de la Capital.

Yo me desempeñaba como Médico de Barrio, por lo que a pesar de la situación existente en la ciudad, debía seguir visitando a mis pacientes. El recorrido hacia el Policlínico, lo realizaba caminando. Para poder llegar a Pest debía cruzar por el único y el más largo de los puentes sobre el Danubio que estaba abierto: el Puente Árpád. Este atraviesa la Isla Margarita en su extremo norte por el punto más alejado del centro.

Durante todo el tiempo que duró la huelga hice este largo recorrido todos los días (ida y vuelta) por el Puente Árpád hasta mi trabajo. Yo apenas lo percibía, pero mis pacientes como después supe, me llevaban bien la cuenta. No había faltado un solo día. Las mujeres de mi distrito reconocieron este hecho y convocaron una reunión para solicitar al Municipio que me asignaran una vivienda en las proximidades. La vivienda no se hizo esperar y una o dos semanas más tarde me entregaron las llaves del nuevo apartamento.

Pero las largas distancias entre Buda y Pest y la ausencia de transporte público, no eran los únicos obstáculos en aquel entonces. Por si fuera poco la Ciudad nos impuso un toque de queda, de 6 p.m. a 6 a.m. La Ciudad estaba dirigida por un Jefe Militar Soviético de la Plaza, al cual se subordinaban todos los organismos; sin embargo, no había una presencia militar visible en las calles. Los funcionarios soviéticos estaban adscritos a los distintos organismos, con quienes debían consultar cada una de sus acciones.

Pero incluso con un toque de queda, los médicos no podíamos interrumpir nuestro trabajo, y así nos lo hizo saber el Director del Policlínico. Nos advirtió que bajo ningún concepto se permitiría una huelga de médicos. Se veía que estaba bajo una gran presión, posiblemente, debida a su responsabilidad ante las autoridades soviéticas.

Para poder circular libremente durante el toque de queda, nos dio un Salvoconducto escrito en húngaro y en ruso y firmado por el “Jefe Militar de la Plaza”, documento que aún conservo. Efectivamente fue así, los médicos no faltaron ni un solo día al cumplimiento de su deber a pesar de la ocupación soviética en toda Budapest.

 Esta ocupación militar se mantuvo visible alrededor de veinte días, hasta que poco a poco la situación se fue normalizando, se abrieron los mercados y algunas tiendas y finalmente se levantó el toque de queda. Para el día 11 de noviembre la revolución húngara había sido aplastada por completo.

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